Nunca se me olvidará un curso de control mental que hice con mi hermana hace mil años. Éramos tan ingenuas, y teníamos tanta necesidad de creer en algo, que pensamos que podía funcionar. Así que, después de horas metidas en un aula cutre, llegábamos a casa y mirábamos el teléfono fijamente, convencidas de que nuestra concentración haría que sonara, que nuestros fiches (eran los 90) nos llamaran. No, no funcionó. Al menos cuando lo pretendíamos. Eso sí, recuerdo perfectamente la ilusión y las risas. Al final, en eso consistía. .
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