En blanco

Fuera la lluvia suena como un tambor. Observa fijamente la pantalla. El cursor parpadea detrás de cinco palabras. La calle está vacía y…

Mira su armario. ¿Dónde guardó la falda negra? Cierra los ojos. Venga, céntrate. ¿Lo ha dicho en alto? Hablar sola es lo que le faltaba.

Mientras, la novela no avanza. Ella no avanza. Tiene que entregar el texto en tres días.

Y otra vez la misma frase. La calle está vacía y… ¿Y qué? Qué poco sugerente. ¿A quién le importa cómo esté la calle?
Se levanta, un café. Se sienta. Se levanta, cierra la ventana. Se sienta.

Cae tanta agua que los canalones no dan abasto. Se entretiene con los riachuelos que se deslizan por la fachada. Cualquier cosa es mejor que enfrentarse al documento en blanco.

Coge las llaves, la chaqueta, el ascensor. Sale del portal. En un segundo está empapada. Respira hondo. Tiene tres días. Necesita una historia. Y la calle está vacía.

 

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