Terrazas

Llegamos al hotel donde hemos quedado con unos amigos. Dicen que las vistas desde la terraza en la azotea son espectaculares. Tienen que serlo, hay cantidad de personas que se amontonan en la puerta a pesar del calor.

Vamos directas a recepción y una chica uniformada nos recibe con gesto serio. Nos esperan arriba, digo. ¿Seguro?, pregunta. Suelta su lista de reservas y me mira fijamente. Está debidamente entrenada para interrogatorios hoteleros. Estamos cansadas, deshidratadas y llegamos tarde. Seguro, contesto. ¿Cuántas personas os esperan? Dos. ¿Nombre? Lo digo. ¿Una chica oriental con su novio? Sí. No voy a explicar estados civiles, quiero llegar ya. Pero mi amiga, que ha perdido la paciencia hace rato, aclara que no son novios.

Máximo interés por parte de la interrogadora. Pues hacen muy buena pareja, opina. Parece que ya vamos a poder avanzar. Pero no, ella es una mujer de recursos. Bueno, pero no tendrán sillas. Sin sillas no podéis subir. Llamamos. ¿Habéis cogido sitio? Afirmativo. Tienen mesa y sillas para cuatro. Hace una respiración profunda, saca una cajita, la abre ceremoniosamente con una llave como si fuera a sacar una joya, pero es una tarjeta de plástico. Parece que quiere dárnosla, aunque no acaba de soltarla. Tenéis que meter esto en la ranura del ascensor e ir a la octava planta, nos explica despacio como si fuera algo muy complicado.

Por fin subimos. El camarero, sin embargo, no ha sido debidamente entrenado como su compañera. Pedimos tintos de verano que nunca llegan. Se lo recordamos. Una, dos, tres veces. Cada recordatorio es una sorpresa para el chico, que nos mira como si nunca nos hubiera visto. Como si no supiera de qué le hablamos. Como si no supiera quién es, qué hace ahí. Cada segundo su vida empieza de nuevo. Una hora después tenemos un Aperol Spritz en la mano. Él solito ha pensado que era mejor que el tinto de verano.

No rechistamos. Sabemos lo afortunados que somos por haber sido atendidos, los de al lado no han tenido tanta suerte. Agradecidos, nos centramos en nuestros planes para vacaciones. Difícil que nada pueda con esa ilusión. Ni siquiera una terraza de moda madrileña.

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