Clase

Estoy tendiendo la ropa pensando en que no me gusta el detergente nuevo, en cuándo ponen el próximo capítulo de Years & Years… Nada trascendental, tareas mecánicas y pensamientos simples. Estado de relajación total. Por eso, cuando escucho al otro lado del patio mi nombre, me asusto. Mi vecino, un hombre respetable de familia rubia (mujer, niños y perro), está con la cara desencajada e intenta decirme algo. No te oigo, grito. Toma, contesta chillando. Muy elegantes los dos. Y me lanza un paquete que cojo al vuelo. Después, desaparece como un títere y se hace el silencio.

Primera opción: voy a su casa. Mentira, esa no es la primera opción. Porque mientras estoy barajando alternativas ya he abierto el paquete. Cientos de billetes perfectamente prensados aparecen en mis manos. Vuelvo a mirar a la ventana de enfrente. Su mujer, habitualmente serena y distante, está tirando de mi cuerda y llevándose mi ropa. Con el pelo alborotado, y una peluca morena a medio poner, me pide con un gesto que guarde silencio. Y desaparece por debajo de la ventana. Como guiñol está logrado. Como broma no tiene gracia. Un portazo suena al otro lado del pasillo, unos gritos antes de llegar al ascensor. Pasos acelerados por la escalera. No soy Einstein, pero está claro que algo pasa.

Me quedo sin respiración abrazando los billetes. ¿Qué hago? Policía. Sí, eran una banda de falsificadores y parece que otra banda de no sé qué había dado con ellos. No, era imposible que me diera cuenta. Estaban muy bien organizados, eran discretos y rubios, me explica pacientemente el agente. Pudieron salir del edificio porque los niños no estaban y ella, normalmente muy arreglada y estilosa, iba vestida con ropa barata y sin clase. Están en busca y captura, me informa. Me toman declaración, cuento lo mismo tres veces. Me preguntan si quiero denunciar algo. No, mi ropa no merece la pena, digo. Asiente comprensivo. ¿Y el dinero? Aquí está. Soy una persona honrada. Y de dudoso gusto, según las fuerzas de ley. Y la clase no se compra. Aunque no perdería nada por intentarlo si, casualmente, algunos billetes se hubieran caído en mi casa…

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