Son días de flores y de visitas a cementerios. A mí nunca me han gustado los ramos, me da pena que se marchiten. Y cada momento del año me acuerdo de quienes me faltan. Cuando tengo una buena noticia que compartir, cuando tengo una duda, cuando aparece una foto que creía perdida. Cuando escucho una canción, cuando hablo con mi madre, cuando me miro en el espejo y encuentro un parecido por el peinado o por el gesto. Cuando sueño, cuando leo una carta del siglo pasado desde otra ciudad o una postal con la tinta gastada. Cuando llega un cumpleaños que no se puede celebrar, cuando me pongo esa ropa que guardé como un tesoro. Cuando me equivoco y me muero por contar lo mal que lo hice. Cuando acierto y busco un reconocimiento. Cuando me pongo mala y necesito un abrazo, cuando me recupero y el cuerpo me pide calle. Cuando la vida me queda grande y quiero escaparme en un coche a cualquier sitio con esa cinta de Camela, comprada en una gasolinera, a todo volumen. Cuando me maquillo y soy consciente de que me hacían falta más consejos para hacerlo bien. Cuando comparten conmigo anécdotas que no recordaba o no conocía que completan mi mapa de recuerdos. Cuando lloro sin parar, cuando río sin parar. Cuando me doy cuenta de que he aprendido a tener a mis ausentes siempre presentes. Siempre vivos. Como las flores en la tierra.

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