La rusa que cantaba Camela

Nadie en la oficina. Mi ordenador y yo, yo y mi ordenador. Como si fuera a tocar el piano, estiro las manos, me concentro en la pantalla y… Timbre.

Una chica entra de un salto en cuanto abro la puerta. Soy Katia, he quedado aquí, anuncia con un marcado acento ruso. Perfecto, ahora vendrá… ¿Quién?

No se acuerda del nombre. Nada agendado.

Ella entra en la sala grande, yo vuelvo a mi remanso de paz. Hasta que escucho música demasiado cerca. Y demasiado alta.

Música que me recuerda a los coches de choque. Música que me recuerda a viajes a Marbella en los 90.

Música de Camela.

No me hace caso, y yo me muero por su amor, resuena por todo el piso.

Me asomo con cierto temor, más por surrealista que por peligroso. No doy crédito. Por el cristal veo que baila como si fuera de la familia de Los Chunguitos, cojo la manzana, la muerdo y la tiro. Poco apropiado, todos sabemos que Camela es más de puño golpeando pecho, pero admirable.

Miro alrededor, busco la cámara oculta. Y entonces abre la puerta, se coloca el moño y me mira fijamente. Estaba grabando vídeo para concurso musical, explica solemne, pero ya me voy.

¿Y la reunión?, pregunto intentando aparentar normalidad.

¿Qué reunión?, me contesta muy seria. Raritos españoles. Antes del portazo le da tiempo a resoplar poniendo los ojos en blanco.

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