El lienzo

Me despierto a las 7 de la mañana. 29 de agosto. Mi cumpleaños. No me apetece nada el día, así que decido dibujarlo.

Hoy voy a confiar en la magia, me voy a creer la leyenda que tantas veces he escuchado. La increíble, absurda y fantasiosa leyenda de la calle Farmacia. La comidilla de cualquier galería, museo, bar de bohemios. Si compras un lienzo en la calle Farmacia, 4 (a las 10.23, ni un minuto antes, ni un minuto después) puedes entrar a vivir cualquier cosa que pintes, me susurraba un fotógrafo de moda en voz baja ayer mismo.

Un cosmos a medida, una realidad a la carta, una quinta dimensión. ¿Algún contra? Si te metes en tu creación sin haber hecho la mezcla de la acuarela X con la Y en su correctísima proporción, no puedes volver a tu verdadero plano. Yo, como las 99 veces anteriores, asentí educadamente.

Y cuando no pude contener más la risa dije que tenía que ir a vomitar. Que eso en el mundo modelo se entiende mejor que cualquier otra cosa.

Pero eso fue ayer. Entonces, y hasta hace 3 horas, yo opinaba que la creatividad hacía estragos en la gente. ¿En serio? ¿Y Hogwarts también existe?, solía bromear cada vez que me contaban la historia.

Artista, sí. Loca, no.

A veces me sorprendía a mí misma flaqueando, cuando echaba de menos a gente a la que llevaba tiempo sin ver. Y los rumores, con nombres y apellidos, circulaban. Que si alguien pintó un bosque y se perdió, que si uno hizo un cohete y sigue en órbita, que si a otro se le olvidó el azul del agua de la piscina y se tiró de cabeza…

Mujer abierta de mente, y con un año más en mi organismo, empiezo a darle vueltas al tema. Puede ser mentira, puede ser verdad. En este último caso, la proporción no es un problema. Desde que cogí un lápiz Alpino, cuando no levantaba un palmo del suelo, dibujar es mi elemento. Los colores se juntan en mi imaginación dando paso a otros nuevos sin margen de error. Igual que las figuras.

Y entre que sí y que no, allí me planto, como la canción de Mecano. A las 10:18 en la puerta de la calle Farmacia. Un portal con pinta de puticlub en quiebra, con el marco oxidado, y mugriento, y un 4 a punto de caerse. Mucha gente esperando. Sin móvil. Que resulta lo más siniestro de todo.

Cuando el reloj marca exactamente las 10.23 la puerta se abre. Inexplicablemente, todos cabemos. Cien personas entregan lienzos sin respirar, en absoluto silencio. Uno por cliente. La misma medida. Ya en la calle con el mío me doy cuenta de que la multitud se ha evaporado y que ni siquiera recuerdo haber pagado. La puerta vuelve a estar cerrada y el número 4 se debate entre el tornillo y la muerte. Ni me pregunto más, ni me respondo. Deben de ser las hormonas que me hacen alucinar.

En casa mido la proporción XY, pienso qué quiero. Acerco el índice al cuadro todavía virgen simulando un paisaje. Decidido. Pincel al azul. Quiero una playa. No. Pincel al agua. Mejor quiero ir a Betanzos y quedarme allí a vivir. Pincel al verde. No, casi que vuelvo a Nueva York. ¿Nueva York sería gris?

Los mensajes no paran de pitar. ¿Qué hacemos hoy? Paro un momento, me río. Los cumpleaños siempre me trastornan, seré ingenua. Recuperado el control, contesto. Nos vemos en Public a las 9. Eso es lo que quiero, poner un pie en los 40 con los míos. Agarro unas tijeras con la firme intención de rajar la tela y acabar con esta paranoia.

Pero mi yo más surrealista aflora, la duda me asalta sin previo aviso. Y mi mano frena en seco. Despacio suelto el arma homicida, miro mi adquisición. Blanca e inocente. Y total, un lienzo nunca ocupa lugar.

Ilustración de Virginia Erena

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