Fiesta

“Su marcha fue un jarro de agua fría. Helada, más bien. Incapaz de sobreponerme, descargué contra mí misma toda mi frustración. Dando vueltas en un limbo emocional del que no sabía cómo salir. Ni lo iba a intentar, ¿para qué?”. Así comenzaría la novela si bajaran la música y el perro se callara.

Intenta ponerse trágica y el jolgorio de su casa es cualquier cosa menos deprimente. Su marido haciendo de Carlton Banks en la barandilla con los niños de coristas. Risas en estéreo y sus amigos llegando a una fiesta improvisada. No hay manera.

Por favor, se sorprende gritando, ¿podéis transformar este momento Fraguel Rock en algo más siniestro? ¡Necesito un rato de tristeza! Hasta el perro retrocede. El resto congelado como en El escondite inglés. Pero ya conocen sus arranques, así que reanudan lentamente el movimiento. Eso sí, a volumen cero.

Resopla. Imposible meterse en la piel del personaje que le han encargado, una mujer hundida y atormentada. Mujer que no tiene un tío estupendo haciendo el payaso en la escalera, ni niños sanos y razonablemente felices, ni un perro tan listo que parece que va a hablar. Tampoco una casa estilo cabaña canadiense con vistas a la sierra.

Ahora necesita inspiración, pero lúgubre y desgarradora. Adjetivos que no siente ni de lejos. A día de hoy, no siempre fue así. Ya tuvo su dosis de tragedia, la cogió por los cuernos y puso todas sus energías en salir del hoyo. Y así construyó su nueva vida. Que, mejor o peor, era exactamente la que quería. Será por eso que no empatiza nada con la persona a quien tiene que describir, una derrotista que se niega a buscar soluciones y se regodea en su amargura.

Aprovechando el microsegundo de silencio, y omitiendo el espectáculo de mímica a su espalda, continúa. “Ya nada tiene sentido. La voz en off que sale de algún lugar de su cabeza parece casi humana”. La de su marido, moviendo cadera e imitando a Travolta, también. Dimito, piensa. A tomar por saco el encargo y el tormento. Delete, delete, delete.

“Cuando se montó una especie de carnaval en casa sin consultarme, y me di cuenta de que en esta familia de locos no podía trabajar, decidí entregarme a la causa bailando vestida de Olivia Newton-John delante de cuarenta personas. El sol entraba por la cristalera y los niños correteaban…”.

Mucho mejor. El típico unirse al enemigo. Total, para un drama siempre habrá otro momento.

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