Cumpleaños

Entráis en la casa a oscuras y te preparas pequeño discurso para cuando las luces se enciendan y te feliciten a coro. Estás viendo Friends por octava vez y es posible que estés un poquito influenciada. ¿En qué cabeza cabe que alguno de ellos cumpla años y no pase nada al entrar en el apartamento? Las señales que anuncian la fiesta sorpresa son innegables.

Tu novio no te ha felicitado al despertaros, tus amigas estaban raras, dos de ellas no podían quedar a tomar un vino, tu madre no te pregunta qué vas a hacer por tu cumpleaños, te ha llamado poca gente, el repartidor de flores que te encuentras en el portal te guiña un ojo, seguro que ha dejado algo en tu puerta. Está clarísimo. Todas las pistas conducen a lo mismo: han organizado algo.

Respiras hondo, contienes la emoción cuando él pulsa el interruptor. Y la luz se hace. Y la realidad también. Las tazas del café del desayuno siguen en la mesa. Su traje y su corbata en el respaldo de la silla. Los cojines del sofá tirados de cualquier manera. Nadie. Ni sorpresa ni orden.

No te gustan las fiestas. No te gusta tu cumpleaños. No te gusta ser el centro. Eso dices siempre. Eso han entendido los demás. Pero un latigazo de decepción te recorre. Porque en lugar de personas te encuentras el mismo sobre con las mismas medidas de todos los años. El mismo sobre que contiene la misma tarjeta que vale por un fin de semana en un balneario. El mismo balneario al que vais todos los años en procesión, los dos solos, a aburriros en remojo. Mismo sobre, mismo balneario, mismo beso mecánico de agradecimiento. Y mismo restaurante debajo de casa donde ya sabes que un brownie cerrará la noche con una vela. La única emoción, la única incógnita, es si la vela será rosa o azul.

Aun así, coges el sobre con una emoción fingida ensayada durante años y lo abres. La esperanza es lo último que se pierde. Pero no. Mismo sobre, mismo balneario. Y, para que luego no te quejes, vamos a cenar en ese restaurante que tanto te gusta, propone. Odias ese restaurante. Recuperas la cara de emoción. Hollywood se ha perdido una gran actriz. Claro, contestas. Estás perdiendo facultades, no suenas nada convincente. Me ducho y nos vamos.

Entras en el baño y te miras en el espejo. ¿Cuándo empezaste a no hacer lo que querías? El reflejo te devuelve unas ojeras demasiado marcadas y una mirada demasiado vacía. Un pelo demasiado oscuro y un peinado demasiado ausente. Pero el reflejo te devuelve algo más. A tu lado, está ella con el colorete en la mano. No te mira, está concentrada en no coger demasiado. Y cuando crees que estás delirando, el roce de la brocha te provoca un escalofrío. No te muevas, te reprocha cariñosa, que siempre haces lo mismo. Esa conversación ha podido repetirse un millón de veces a lo largo de tu adolescencia. La cercanía te permite oler su pelo, absorber la risa, la voz que ya solo escuchas en sueños.

Maquillada pareces otra, susurra mientras te abraza. Aunque sospechas que su presencia es mucho más potente que cualquier BB cream. Te mira orgullosa, por fin su hermana pequeña va decente. Te echo de menos, dice. Sé feliz, dice. Te echo de menos, dice. Sé feliz, dice. Y entonces te susurra una frase que te lleva directamente a tu infancia. Una frase que ahuyentaba los demonios y te hacía sentir a salvo. Una frase que te recuerda lo que siempre has sido y olvidaste a fuerza de no escucharla…”.

Los golpes en la puerta te sacan del delirio. Estás frente al mismo espejo, con las mismas ojeras. Sola. Tu mirada ha cambiado. El vacío se ha llenado de determinación. Sales tranquilamente. Sabes que ha sido real. En el salón, te esperan para bajar a cenar. Pasas de largo. La fuerza de la costumbre te obliga a retroceder para dar ese beso que hace mucho perdió el significado. Paras en seco en la puerta. Vuelves al baño, tocas el espejo. Nada raro, un cristal que refleja una estantería llena de cremas. Ante la mirada atónita de quien hasta hace cinco minutos era tu pareja, sales de la casa dispuesta a empezar tu nueva edad de otra manera. Eso sí, con el espejo debajo del brazo.

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