Aros

Cuando consigo relajarme en la resonancia magnética, pastilla mediante, solo pienso en no pensar. Estará abierta por los lados, tendré el pulsador en la mano. Lo que quieras. Pero los encierros no me motivan ni un poco. Así que, cuando empieza el martilleo, sigo las instrucciones del enfermero. Imagina que estás en un sitio que te dé paz. Y yo, obediente que soy, me veo en una playa paradisiaca. Como todo hijo de vecino. Creativa no acabo de ser.

Conchas mecidas por olas transparentes, palmeras para aburrir, el sol justo, una piña colada… Todo perfecto. Hasta que empiezo a oír gritos. Voces que llaman a niños de nombres imposibles. Movimiento de arena, sombrillas amenazantes a mi alrededor. La piña colada se convierte en un té verde. Se me está yendo de las manos. Pero, como solo depende de mi imaginación, decido cambiar de sitio y buscar otro que me relaje. Playa, no. Montaña, frío. Oficina… Pero, ¿qué me pasa?

Vuelvo a la máquina y a mi ridícula posición horizontal. Así no hay manera. Hago medio círculo con la muñeca para confirmar que estoy quieta porque quiero. No te muevas, dice mecánicamente el enfermero. No te muevas, no te muevas. Qué fácil. Recuerdo aquella vez que hice yoga y respiro hondo. No retengo los pensamientos, los dejo fluir, vacío mi mente… Y ahí apareces. Sentado en el borde de mi encierro. ¿Qué tal?, me preguntas. Como si nos hubiéramos visto ayer y esta máquina fuera el sitio más normal para quedar.

Podía haberme preocupado por muchas cosas. Aunque, en ese momento, solo sufro por la pinta que tengo. Moño en la frente, bata con culo al aire. Por no hablar de la buena cara que hace esta luz. Blanca nuclear mezclada con un toque de verde-hospital. Qué suerte la mía. Tú, sin embargo, parece que acabas de salir de la ducha, con tu pelo moreno perfectamente colocado y una camisa que nunca te había visto.

Que conste que sé que no eres real. Que hace años que no sé nada de ti. Aparte de lo obvio: nadie se encuentra en una resonancia y sería un portento de la naturaleza si viera a través de los párpados. Pues nada, aquí, te digo. No hables, me llega como de otra galaxia la voz del enfermero. Total, si estás en mi cabeza, puedo hablar para dentro.

Pues nada, aquí, repito en silencio. Por cierto, buscaba un pensamiento que me diera paz. No es por ofender, pero no eras precisamente mi idea. Pues es lo que hay, respondes. No te ofendas tú tampoco, pero no sueles elegir bien, a las pruebas me remito.

La risa me hace moverme sin poder evitarlo. No elijo bien, pero gracioso siempre has sido. No te… ¡Ya, que no me ría!, contesto al enfermero. ¡Ni hables! Dios, qué pesadilla de hombre. Vuelvo a mi charla interior. Oye, ¿qué es de tu vida? No te veo desde hace mucho. ¿Dos años? Te revuelves haciendo que tu camisa parezca de verdad al arrugarse. Qué orgullosa estoy de tener delirios tan elaborados. La pregunta te ha incomodado. Aun así, sigues hablando. Tu voz y los nervios hacen que, por fin, se me olvide que estoy metida en un tubo. Se apagan las luces y te pierdo.

El frío en la espalda me dice que se acabó la prueba. Y nuestra conversación. El olor de tu champú se ha evaporado y la sala queda en penumbra. ¿Hola?, susurro. Nadie al otro lado. Salgo reptando y con la bata en la cabeza. Me visto rápidamente y miro el móvil. Lo primero que leo me deja helada. Me alegro de haberte visto, aunque tenías un color de piel raro. Y esa bata…

Antes de poder reaccionar, una música inesperada me desconcierta. La máquina se vuelve borrosa y la melodía, que ya reconozco como la del despertador, suena cada vez más alta. Abro los ojos, envuelta en el edredón, y me fijo en la etiqueta de la alarma. Médico a las 9. Qué raros son los sueños. Pura ficción, claro. Y yo soy muy realista. Pero no cuesta nada buscar en Google si es posible hacerse una resonancia magnética con vaqueros, maquillada y con aros.

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