Lunes

Es un lunes de los de toda la vida. No has oído el despertador, te has duchado a toda velocidad sin poder lavarte el pelo y te has puesto lo primero que has encontrado. Empezar así la semana no augura nada bueno. Pero, contra todo pronóstico, estás contenta. Y tranquila. Como cuando acabas de ordenar el armario o terminas un trabajo pendiente. Liberada.

Quién te lo iba a decir hace unas horas. Podría decirse que tomaste una mala decisión el día anterior. Pero si no hubieras accedido a ir a esa cena con él, a pesar de que lo vuestro ya agonizaba, aún estarías pensando en lo maravilloso que fue y en lo que pudo haber sido. Seguirías en el bucle.

Si no hubieras visto con tus propios ojos lo que tantas veces te habían insinuado amigos, y no tan amigos, aún creerías que merece la pena lucharlo. Y hoy, un lunes de los de toda la vida, te das cuenta de que, por fin, estás fuera del tornado.

La cena parece muy lejana. En casa del amigo de la amiga del novio de… Agotador e innecesario. Esa manía que tienes de intentar normalizar lo anormal, de pensar que asumes deportivamente que no pasa nada por tener una relación que ya está cogida con pinzas (de las de plástico).

Todo iba bien. O mal. Pero como siempre. Hasta que te das cuenta de que hasta el amigo de la amiga del novio es menos distante que quien te lleva a la cena. Y que tontea menos con todo lo que se mueve aunque esté soltero. Es lo que hay, querida. O lo tomas o lo dejas. La respuesta llega sola cuando entras en la cocina y entre un lío de piernas y brazos distingues a tu novio. Y claramente no está contigo.

Primera reacción: entras y montas en cólera. Poco digno pero previsible. Hasta que tu reflejo como una loca en el cristal de la alacena te frena en seco. No te reconoces. Has perdido los papeles, el norte y el sur. ¿Qué haces?

Con una frialdad que incluso a ti te sorprende, te das la vuelta y sales. Tranquilamente, abres la puerta de su coche nuevo y arrancas. Eso le pasa por dejar las llaves en tu bolso. Conduces y conduces, silencias tu móvil. Las quinientas llamadas perdidas parecen indicar que se ha dado cuenta. Encontrarte una barra de labios en la guantera te reafirma en tu decisión. Robar coche a infiel no es malo.

Llegas a casa y aparcas encima de la acera, no hay otro sitio. Que un bolardo haya hecho de tope rompiendo un faro te hace sentir un poco culpable. Te planteas volver, acabar de una forma elegante. Pero la luz de la reserva se enciende. Es una señal. Y con las señales no se juega. Mejor no hacer nada. Sobre todo por la pereza que te da poner gasolina.

Mañana será otro día. Tú y tu conciencia dormís de un tirón. Al día siguiente el coche no está. En su lugar, un reguero de cristales. El faro no daba para tanto. Creo que lo han robado, te cuenta un vecino. Yo mismo he visto a unos chavales salir picando rueda. Sin poder evitarlo, sonríes. Nadie dice que seas una santa. Hay tanto impresentable suelto, añade. Asientes convencida. Qué te va a contar a ti.

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