Sol

Y cuando parece que las paredes se estrechan, el mundo es gris y te quedas sin aire, sale el sol. Un sol enorme y primaveral que te hace pensar que nada es tan malo. Nada que una sobredosis de vitamina D no pueda curar. Un triunfo salir de la cama, meterte en la ducha, secarte el pelo. Pero esa luz en las aceras, los abrigos colgados de los respaldos de la sillas, la esperanza de que el invierno ya es casi historia, nos convierte en otras personas. Menos irascibles, más optimistas. Más amables, menos preocupadas. La vitamina D te corre por las venas, por la piel, por la cabeza. La prueba real de que ningún invierno, interno o externo, es infinito. La prueba real de que siempre, inevitablemente, vuelve a salir el sol.

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